domingo, 18 de septiembre de 2016

¿ESTO ERA LA GLOBALIZACIÓN? (José Manuel Cansino en La Razón el 19/9/2016)


Cuando se hablaba entusiasticamente de la globalización nadie dijo que para miles de españoles supondría hacer las maletas y cruzarse el Mundo sin saber si el billete de ida también lo era de vuelta. Así lo veo mientras tomo café a 14.000 de Sevilla con Juan y María, doctores en Biología molecular por la Universidad de Sevilla que trabajan al Sur de Chile.
Para ellos la globalización consistió en que una universidad emergente vino a España a cazar talentos y dio con dos jóvenes doctores a los que sus horas de contrato como becarios de investigación se les iban reduciendo agonicamente, año a año. Tras el estallido de la burbuja inmobiliaria el último contrato de uno de ellos fue de cuatro horas a la semana.



La globalización no ha supuesto para cientos de miles de compatriotas vivir mejor.  Se pensaba que la Aldea Global a la que se refería el sociólogo canadiense Marshall McLuhan era la de un idílico pequeño Mundo. Entre 2008 y 2015, salieron de España 3.212.304 personas; de ellas 297.470 residentes en Andalucía. Son los datos que arroja la Estadística de Migraciones exteriores del Instituto Nacional de Estadística. Pero los datos hay que tomarlos con cautela. Basta tener en cuenta que aún la Encuesta de Población Activa registra casi 4.575.000 desempleados en España (1.161.000 en Andalucía). Por tanto, es imposible que hayan emigrado tantos residentes y el paro se mantenga en niveles tan elevados y poco diferentes a los de 2008. Naturalmente, parte de los que se fueron han regresado en poco tiempo. Probablemente sea que la morriña puede más que trabajar lejos. Los mensajes del pensamiento único globalizador no nos prepararon para cruzar el Atlántico. Sólo para comprar on line desde casa y a crédito.
Pero la lógica del mercado es aplastante. Contra esa lógica si alguien advierte que determinadas carreras universitarias tienen poca demanda profesional poco se tarda en anatemizar al que sugiera reducir el número de plazas. Poco importa que luego el licenciado acabe –como era previsible- trabajando en algo para lo que apenas requería el treinta por ciento de lo que aprendió. En una sociedad sin ambición, cientos de miles de personas están dispuestas a colgar el título de licenciado a las pocas semanas de obtenerlo en una universidad pública donde los contribuyentes han pagado la mayor parte de los estudios del niño o la niña.
A pocos parece importar la advertencia de la poca salida profesional de determinadas carreras. Con muchos o pocos alumnos, la Facultad de turno debe seguir abierta y si luego no hay empleo vendremos a decir que se debe a los recortes del gobierno que toque porque, en el fondo, se pide que el Estado financie la enseñanza y luego financie el empleo. Pocos son lo que advertimos a nuestros alumnos que la globalización no es sólo, ni principalmente, comprar on line en China para que te llegue a casa en una semana. La globalización es saber que vas a obtener un título muy similar al de millones de jóvenes con la diferencia de que ellos saben inglés y tú no, y ellos están dispuestos a cruzarse el mundo para trabajar en aquello que han estudiado y tú no quieres dejar el barrio ni con agua caliente.
La globalización es que venga a ponerte una oferta de trabajo una universidad hispanoamericana (permítanme que prefiera este término) porque valora la formación que los investigadores españoles tienen y porque sabe que aquí no hay empleo para tanto doctor. La cuestión es sencilla; aquí está el contrato, el dinero y el desarraigo. La alternativa es el barrio, la familia y el paro. Nadie te contó este reverso de la moneda de la globalización pero aquí está.
Naturalmente podría ser peor. Podría ocurrir que aquí no hubiese empleo y que nadie fuera valorase la calidad de la formación de la universidad española. Bueno, todo es cuestión de ponerse. Podemos engañarnos pensando que ser un país que hace de la incapacidad de formar gobierno algo festivo no supone un espectáculo para quien nos mira con interés desde fuera. Y bien que nos miran pese a todo y contempla el lamentable espectáculo de nuestra enfrentada clase política.
¿Cuál es la alternativa a la globalización? Para algunos movimientos políticos y sociales europeos, la alternativa es del derecho preferente de los residentes en el país (en rigor defienden el derecho de los residentes legales y no sólo de los nacionales). El pensamiento liberal que amparó el proceso globalizador (libertad de circulación de capitales, personas y mercancías) entiende que el derecho preferente a los residentes impide que el mercado alcance su máximo de eficiencia. En la aldea global la máxima eficiencia exige que si el mejor candidato para un empleo en Tailandia reside en España, no debe tener trabas que lo desincentive a tomar las maletas camino Asia. En sentido contrario, el derecho de trabajo preferente dificultaría este movimiento migratorio y, consecuentemente, el funcionamiento eficiente del mercado de trabajo. El problema está en que hay millones de personas que no han disfrutado de los pretendidos beneficios de la globalización porque valoran más su lugar de residencia que un salario mayor. Nadie puede olvidar que las motivaciones económicas no son las únicas que mueven a la Humanidad.
Con todo, la globalización de hoy es la emigración a Europa de los años cincuenta del siglo pasado. Es hacerse las Américas antes y ahora. Es irse a Gran Bretaña a poner copas y limpiar el mostrador con el título de licenciado.

Si alguien valora especialmente a su tierra, la alternativa es elegir bien aquello en lo que se va a formar. Pese a su encarecimiento tras las reformas últimas, la universidad española y los ciclos de formación profesional ofrecen una buena calidad si la comparamos con la de decenas de países. Falta avanzar en el manejo de idiomas extranjeros y, sobre todo, falta saber que puede llegar el momento en el que para trabajar en aquello que tenemos por vocación, haya que hacer las maletas y buscarse el pan lejos del barrio. Si lo hacemos bien y queremos, hay billete de retorno. Seguro.

jueves, 15 de septiembre de 2016

LA ECONOMÍA COLABORATIVA. VA EN SERIO (José Manuel Cansino en La Razón el 12/9/2016)

Hace poco más de una década la conciencia ecológica en Occidente imponía el papel reciclado. En el pie de firma de los correos electrónicos institucionales se nos rogaba pensar si era verdaderamente necesario imprimir el mensaje o podíamos evitarlo a fin de preservar los bosques. Las superficies forestales parecían ciertamente amenazadas por el uso masivo del papel. Los jóvenes de hoy probablemente no escriban una sola carta en su vida. Ahora leemos mensajes en pantallas, grandes o pequeñas, ya no usamos las cartas y cada vez menos imprimimos documentos. Los guardamos “en la nube”. Desapareció la angustia porque la necesidad de papel acabara talando masivamente los bosques con la misma rapidez que se ha reducido el poder de la industria papelera. Hoy, encontrar un folio de papel reciclado es una rareza.
Nos comunicamos por mensajes de texto o notas de voz enviados desde teléfonos móviles inteligentes fabricados en China por 25 dólares y que tienen una capacidad mucho mayor que la de los usados para enviar al hombre a la luna.
Las telecomunicaciones siguen provocando unos cambios tan vertiginosos que para algunos analistas están sentando las bases de unas relaciones económicas diferentes. En palabras del sociólogo y economista Jeremy Rifkin, se está originando una “economía colaborativa”. Una interesante interpretación expuesta por el autor en una reciente entrevista en El País y sobre cuya pista me puso Cisco Márquez, sin duda uno de los creativos gráficos más vanguardistas de Andalucía.
A diferencia de las profecías vaporosas habituales y abonadas a pronosticar el fin del sistema económico que impera en Occidente, Rifkin nos invita a mirar a nuestro alrededor para identificar cambios de calado en las relaciones económicas cotidianas.

Resultado de imagen para Jeremy Rifkin

(Jeremy Rifkin)

Por ejemplo, a través de una aplicación informática intercambiamos nuestra casa con unos desconocidos o decidimos compartir coche con quienes hacen la misma ruta que nosotros. O localizamos a alguien que nos haga de taxista con su vehículo particular. Por cada vehículo que se comparte, Rifkin estima que se dejan de vender 25. No es sólo la industria papelera, también la poderosa industria del automóvil se verá amenazada por el uso de las telecomunicaciones si, finalmente, el patrón de consumo de millones de jóvenes cambia y la compra de un coche deja de estar en su agenda. Ahora sólo interesaría tener resueltas las necesidades de movilidad pero no la de comprar un coche propio. Bastaría compartir el de otros.
Probablemente en ese mismo coche que se comparte los usuarios van distrayéndose con vídeos que ellos mismos han producido con aplicaciones sencillas pero con la calidad de un estudio de sonido. La también poderosa industria de la música se ha visto vapuleada por las nuevas tecnologías. La economía colaborativa apunta a unas relaciones económicas en las que generaciones que vivirán con salarios inferiores a los de sus padres comparten casa, ropa, entretenimiento y comida a base de aplicaciones en el móvil. Dispositivos que te conectan con millones de personas con el mismo paupérrimo salario que tú.
Rifkin advierte que concurren en estos años tres cambios que han estado presentes en las dos (o las tres, según se mire) revoluciones industriales. Hay cambios enormes en las comunicaciones, la logística y la energía.
En esta última, además de sumarse a la apuesta por las energías renovables, augura un cambio central en el sistema de distribución de electricidad. En concreto, asume como cercana la distribución de energía eléctrica a través de redes inalámbricas. Sin necesidad de conexión por cable entre la fuente de alimentación y el dispositivo electrónico.
El invento no es nuevo y se debe a Nikola Tesla. La energía se transmite por un campo electromagnético a un dispositivo que la vuelve a convertir en energía eléctrica y la utiliza. En definitiva, Rifkin está dando por hecho que pronto habrá una tecnología madura a nivel de mercado que consista en un sistema inalámbrico para, por ejemplo, cargar dispositivos informáticos portátiles.
Así las cosas, imaginemos el siguiente ejemplo de economía colaborativa. Un grupo de amiguetes que mal viven con unos salarios pírricos montan un aerogenerador en el garaje donde hacen las botellonas. A continuación instalan el dispositivo inalámbrico para cargar sus móviles y ordenadores portátiles con la electricidad que genera el pequeño molino. Con esto demuestran que no necesitan una planta de generación eléctrica ni una empresa de distribución de electricidad. El ejemplo es mío pero Rifkin está convencido de que frente a esto, la industria eléctrica tiene el mismo poder que la industria papelera para obligarnos a escribir cartas. Fue Keynes quien dijo que tarde o temprano son las ideas y no los intereses creados los que determinan el futuro.
Indudablemente ejemplos de economía colaborativa han existido siempre (compartir coche, prestarse libros, heredar ropa, …) la diferencia es que las telecomunicaciones pueden hacer masivas estas prácticas al poner en contacto a millones de personas en tiempo real y con un sistema de transporte (logística) rápido y barato. Necesariamente barato porque sus usuarios forman parte de una generación que ya asume que sus salarios serán más bajos que los de sus padres.


viernes, 9 de septiembre de 2016

DEL PETRÓLEO DE ARABIA A LA FUSIÓN GRANADINA (José Manuel Cansino en La Razón el 5/9/2016)

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El precio del petróleo de Brent (el de referencia en Europa) sigue en torno a los 50 dólares por barril y esto lo mantiene un 45 % por debajo del nivel en el que se situaba en el verano de 2014, justo cuando empezó su fuerte caída.
Las dudas que hasta el momento han existido sobre qué parte de la caída obedecía a una menos demanda (principalmente China) y qué parte a una mayor producción de los países de Oriente Medio se ha resuelto. Ahora es más claro que el precio se mantiene bajo por la mayor producción no sólo de Arabia Saudita (el principal productor) sino también de Iraq y de Irán (después de que EEUU y otros países le levantasen las sanciones a la exportación). La propia Agencia Internacional de la Energía, en una nota hecha pública en el mes de julio, señala que la producción de petróleo de los países del Oriente Medio supera los máximos históricos situándose en los 31 millones de barriles diarios. La Agencia subraya que esta región del mundo representa ya el 35 % de la producción mundial, la máxima cuota alcanzada desde 1975.



La razón para esta sobreproducción parece clara aunque sus efectos no son únicos. Arabia Saudita quiere poner fuera del mercado todo el petróleo extraído con la controvertida técnica de “fracking” o fractura hidráulica, una técnica principalmente extendida en EEUU que ya había conseguido que este gran consumidor se autoabasteciera de petróleo en su modalidad de “shale”. Arabia Saudita puede hacer esto porque sus costes de extracción de petróleo son extraordinariamente más reducidos. Aunque estos datos no suelen ser muy visibles –e incluso ha llegado a manejarse la cifra de 6 dólares como coste de extracción de un barril saudí de Brent-, la consultora noruega Rystad Energy Research and analysis los cifra en 24 dólares por barril. El coste es de 43 dólares para el petróleo extraído de las grandes plataformas marítimas y de 62 dólares para el caso del “shale” norteamericano. Es evidente que el precio actual pone fuera de mercado a las plataformas de “fracking” estadounidenses y blinda el predominio de los países de Oriente Medio. El informe mensual de Julio de Caixabank Research es muy útil para poner cifras a este artículo.
Pero la única consecuencia del bajo precio del petróleo no es sólo mantener la posición dominante de los países del Oriente Medio, también lo es frenar los planes de inversión empresarial para mejoras en la eficiencia energética, esto es, conseguir tecnologías maduras que permitan producir lo mismo con menos consumo energético. Junto con el desarrollo de las energías limpias, la eficiencia energética es la gran apuesta para conseguir frenar el Cambio Climático asociado al calentamiento global del Planeta. El argumento es sencillo, si el combustible fósil sigue barato, la energía que se desprende de su combustión lo es también y además es un resultado seguro mientras que el de las inversiones en eficiencia energética, es incierto.
La misma Agencia Internacional de la Energía que advierte de la recuperada preeminencia de los países del Golfo Pérsico también lo hace de la caída en los planes de inversión en eficiencia energética. Esto puede dar al traste con, por ejemplo, los objetivos marcados en el reciente Acuerdo de París sobre Cambio Climático (y eso que ya son sumamente flexibles).
Junto con el freno al desarrollo de tecnología energéticamente más eficiente, la caída del precio del crudo también asesta un golpe no menor a la financiación del terrorismo del Daesh pues una parte determinante de sus ingresos procede del contrabando de petróleo. Recuérdese el descriptivo video del servicio de inteligencia ruso mostrando el tránsito de camiones cisterna camino de la frontera turca.
En España, el repunte de la producción petrolífera de Arabia Saudita y demás países de la zona ha coincidido con la decisión crucial de seguir apostando en la muy larga carrera por la energía de fusión nuclear. La misma que sigue buscando no sólo la energía que se desprende de la unión de núcleos de hidrógenos sino que dicha unión tenga un balance positivo (la energía empleada para lograr la unión debe ser menor que la que se desprende después de la fusión). Además este resultado debe estar asociado a reactores con una tecnología cada vez más madura a nivel de mercado para que la generación eléctrica pueda ser masiva.
Finalmente, el Gobierno de la Nación y el regional de Andalucía han decidido seguir apostando por la instalación en Granada del reactor IFMIF-Dones, parte de un gran proyecto internacional liderado por la Unión Europea y Japón con un coste de 360 millones de euros y una entrada en funcionamiento prevista para 2022. Sería la instalación científica más grande jamás construida en España.
La apuesta española es estratégica y cuenta con pilares firmes. De entre ellos pueden espigarse tres. El primero es que las empresas españolas ya son las terceras en adjudicación de contratos tecnológicos ganados en el desarrollo del reactor ITER. Éste es el primer reactor experimental de fusión que se está construyendo en el norte de Francia con una entrada en funcionamiento prevista para 2025. Los otros dos pilares son dos grandes centros de investigación; el Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT) y la propia Universidad de Granada que acaba de escalar hasta posicionarse entre las 300 mejores del mundo en el Ranking de Shanghai.

Tanto desde la perspectiva de la lucha contra el Cambio Climático como de la geopolítica de los yacimientos energéticos, todo pasa por una energía limpia más barata que la fósil. Hasta el momento la energía de fusión no ha logrado suplantarla y, de hacerlo, la geopolítica energética sólo se redefiniría pero no dejaría de ser poli-polar. Cuestión diferente es el desarrollo de las energías renovables. En este caso han de superar dos importantes barreras, la primera y común a toda la industria de generación eléctrica, conseguir avanzar de forma determinante en el almacenamiento de la electricidad generada. La segunda caminar de forma paralela a la calidad de la red de transporte y distribución o avanzar a sistemas inteligentes de autoconsumo y generación difusa. Todo esto es más complejo que no poner fuera de mercado al petróleo norteamericano derivado del “fracking”. Arabia Saudita lo sabe.

miércoles, 10 de agosto de 2016

PENSIONES Y CERTEZAS (José Manuel Cansino en La Razón el 25 de Julio de 2016)

La sociedad occidental, desde los años sesenta del pasado siglo, amplió el aforismo de que nada había tan cierto en la vida como la muerte y los impuestos por el de que la muerte, los impuestos y las prestaciones del estado del bienestar eran -las tres- certezas incuestionables. Estas tres supuestas certezas (la última es tramposa) han evolucionado de forma muy diferente. La muerte se ha alejado a lomos de una mayor longevidad, los impuestos cada vez se evaden más cómodamente a través de paraísos fiscales y similares y, conforme la sociedades se hicieron más opulentas, Wagner y Baumol probaron que aumentaban sus demandas de prestaciones públicas. No hay que saber más que unos rudimentos de Economía y algo de matemáticas para saber que esto es difícil de sostener. Difícil sobre todo si se conjuga con elevadas tasas de desempleo, salarios devaluados y un suicidio demográfico que azota al continente europeo desde hace casi dos décadas.



Ahora el gobierno todavía en funciones ha vuelto a echar mano del fondo de reserva de la Seguridad Social, otros 1000 millones de euros más y ya va por la mitad del valor que llegó a alcanzar en los años del boom inmobiliario.
Pero resulta que tampoco en esto los grandes partidos son capaces de acordar unas bases estables que permitan seguir pagando las pensiones sin echar mano de la hucha de la Seguridad Social. Es aquí donde la propuesta del PSOE en boca del ex ministro Jordi Sevilla merece una atención mucho mayor que despacharla con los aplausos o los pitos del debate electoral con frecuencia epidérmico.
El PSOE propone financiar el desfase de las pensiones con la creación de un recargo solidario al estilo francés, la llamada Contribución Social Generalizada. Este impuesto recaudó en 2012 casi 90.000 millones de euros en Francia. Técnicamente se trata de una figura tributaria añadida a las cotizaciones a la Seguridad Social y aquí es donde comienzan los problemas. España tiene un volumen de desempleo marcadamente mayor que el francés y subir las contribuciones es tanto como encarecer la contratación y devaluar el salario neto en el probable caso de que el incremento de la contribución recayese sobre empleadores y empleados.
Desde la perspectiva del reparto de la carga fiscal, la propuesta socialista daría una vuelta de tuerca más al sistema tributario español que cada vez recae más sobre las rentas del trabajo y el consumo. Las rentas de capital son internacionalmente mucho más móviles y acaban en paraísos fiscales vía despachos de asesoramiento ubicados en Panamá o Gibraltar.
Este y no otro es el problema de la propuesta socialista pero no que sea mala o que no suponga una solución a un problema que todos quieren esquivar conjurando al Pacto de Toledo sobre las pensiones. La propuesta tiene el problema de no favorecer las creación de empleo y agudizar un reparto de la carga fiscal sobre los hombros de los trabajadores por cuenta ajena y consumidores.
Es oportuno recordar que el informe de la Comisión de Expertos que en 2014 recomendó una batería de medidas para una nueva reforma fiscal en España, recomendó introducir impuestos que favorecieran la preservación del medio ambiente y cuya recaudación pudiera servir, además, para reducir la carga de otros tributos como las propias contribuciones a la Seguridad Social.
En un artículo que acaba de publicar la revista Carbon Management, he tenido la oportunidad de colaborar con los profesores Cardenete, Román y Ordóñez estimando cómo tendría que ser un impuesto sobre el consumo de electricidad en España para poder alcanzar los objetivos de eficiencia energética establecidos en la agenda del denominado H2020. Como máximo el tipo impositivo alcanzaría un 7 % y podría permitir la reducción de las cotizaciones a la Seguridad Social.
Naturalmente este impuesto sería soportado por los consumidores e impactaría negativamente sobre la competitividad de los productos españoles intensivos en consumo de electricidad. Pero, si no aumenta la recaudación en un país donde pronunciar la palabra "recortes" es un pasaporte a la oposición política, el estado del bienestar tendría grandes problemas en partidas tan sensibles como las pensiones.
Es cierto que es posible aumentar la recaudación reduciendo el nivel de fraude fiscal máxime en un país como España donde el volumen de la economía sumergida ronda el 25 % del PIB, pero yo soy poco optimista en este ámbito. Creo que las cifras sobre cuánto dinero se recaudaría de más reduciendo el fraude suelen sobre estimarse.

El colapso del Sistema de pensiones no es algo inminente, se puede seguir enjugando con la recaudación de otros ingresos, pero antes o después será una certeza. Tan incuestionable como que con la vida van la muerte y los impuestos.

PENSIONES Y CERTEZAS (José Manuel Cansino en La Razón el 25 de Julio de 2016)

La sociedad occidental desde los años sesenta del pasado siglo amplió el aforismo de que nada había tan cierto en la vida como la muerte y los impuestos por el de que la muerte, los impuestos y las prestaciones del estado del bienestar eran -las tres- certezas incuestionables. Estas tres supuestas certezas (la última es tramposa) han evolucionado de forma muy diferente. La muerte se ha alejado a lomos de una mayor longevidad, los impuestos cada vez se evaden más cómodamente a través de paraísos fiscales y similares y, conforme, la sociedades se hicieron más opulentas, Wagner y Baumol probaron que aumentaban sus demandas de prestaciones públicas. No hay que saber más que unos rudimentos de Economía y algo de matemáticas para saber que esto es difícil de sostener. Difícil sobre todo si se conjuga con elevadas tasas de desempleo, salarios devaluados y un suicidio demográfico que azota al continente europeo desde hace casi dos décadas.



Ahora el gobierno todavía en funciones ha vuelto a echar mano del fondo de reserva de la Seguridad Social, otros 1000 millones de euros más y ya va por la mitad del valor que llegó a alcanzar en los años del boom inmobiliario.
Pero resulta que tampoco en esto los grandes partidos son capaces de acordar unas bases estables que permitan seguir pagando las pensiones sin echar mano de la hucha de la Seguridad Social. Es aquí donde la propuesta del PSOE en boca del ex ministro Jordi Sevilla merece una atención mucho mayor que despacharla con los aplausos o los pitos del debate electoral con frecuencia epidérmico.
El PSOE propone financiar el desfase de las pensiones con la creación de un recargo solidario al estilo francés, la llamada Contribución Social Generalizada. Este impuesto recaudó en 2012 casi 90.000 millones de euros en Francia. Técnicamente se trata de una figura tributaria añadida a las cotizaciones a la Seguridad Social y aquí es donde comienzan los problemas. España tiene un volumen de desempleo marcadamente mayor que el francés y subir las contribuciones es tanto como encarecer la contratación y devaluar el salario neto en el probable caso de que el incremento de la contribución recayese sobre empleadores y empleados.
Desde la perspectiva del reparto de la carga fiscal, la propuesta socialista daría una vuelta de tuerca más al sistema tributario español que cada vez recae más sobre las rentas del trabajo y el consumo. Las rentas de capital son internacionalmente mucho más móviles y acaban en paraísos fiscales vía despachos de asesoramiento ubicados en Panamá o Gibraltar.
Este y no otro es el problema de la propuesta socialista pero no que sea mala o que no suponga una solución a un problema que todos quieren esquivar conjurando al Pacto de Toledo sobre las pensiones. La propuesta tiene el problema de no favorecer las creación de empleo y agudizar un reparto de la carga fiscal sobre los hombros de los trabajadores por cuenta ajena y consumidores.
Es oportuno recordar que el informe de la Comisión de Expertos que en 2014 recomendó una batería de medidas para una nueva reforma fiscal en España, recomendó introducir impuestos que favorecieran la preservación del medio ambiente y cuya recaudación pudiera servir, además, para reducir la carga de otros tributos como las propias contribuciones a la Seguridad Social.
En un artículo que acaba de publicar la revista Carbon Management, he tenido la oportunidad de colaborar con los profesores Cardenete, Román y Ordóñez estimando cómo tendría que ser un impuesto sobre el consumo de electricidad en España para poder alcanzar los objetivos de eficiencia energética establecidos en la agenda del denominado H2020. Como máximo el tipo impositivo alcanzaría un 7 % y podría permitir la reducción de las cotizaciones a la Seguridad Social.
Naturalmente este impuesto sería soportado por los consumidores e impactaría negativamente sobre la competitividad de los productos españoles intensivos en consumo de electricidad. Pero, si no aumenta la recaudación en un país donde pronunciar la palabra "recortes" es un pasaporte a la oposición política, el estado del bienestar tendría grandes problemas en partidas tan sensibles como las pensiones.
Es cierto que es posible aumentar la recaudación reduciendo el nivel de fraude fiscal máxime en un país como España donde el volumen de la economía sumergida ronda el 25 % del PIB, pero yo soy poco optimista en este ámbito. Creo que las cifras sobre cuánto dinero se recaudaría de más reduciendo el fraude suelen sobre estimarse.

El colapso del Sistema de pensiones no es algo inminente, se puede seguir enjugando con la recaudación de otros ingresos, pero antes o después será una certeza. Tan incuestionable como que con la vida van la muerte y los impuestos.

jueves, 21 de julio de 2016

¿DÓNDE APARCA EL PREMIO NÓBEL? (José Manuel Cansino en La Razón el 18/7/2016)



Acaba de publicarse el ranking de las 1.000 mejores universidades del mundo que elabora el Center for World University Rankings (CWUR). Se estima que a lo largo del mundo existen unas 17.000 universidades. Los rankings se utilizan para comparar el prestigio de las universidades a nivel nacional e internacional. El ranking del CWUR no es el único ni el más conocido de este tipo (el más conocido en el de Shangai) pero, como los demás, siempre logra un cierto recorrido mediático. Sólo una universidad española, la Universidad de Barcelona, figura entre las 200 mejores del mundo. De entre las diez primeras universidades españolas que aparecen, sólo la de Granada y la Universidad de Sevilla –por este orden- son andaluzas.



La metodología que sigue el CWUR incluye entre sus criterios el número de premios internacionales (por ejemplo, el Nobel) obtenidos tanto por sus profesores como por sus licenciados; la cantidad de antiguos alumnos que han llegado a ser consejeros delegados (CEO) de las principales empresas del mundo puestos en relación con el tamaño de la universidad; el volumen de trabajos de investigación de alto impacto y aparecidos en publicaciones influyentes y de prestigio; las citas, y las patentes.
De las diez universidades mejor posicionadas, ocho son estadounidenses y dos británicas. Si Vd tiene curiosidad, este es el orden: Harvard, Stanford y Massachusetts Institute of Technology, Oxford, Cambridge (estas dos, británicas), Columbia, Berkeley, Chicago, Princeton y Yale.
Resumir la explicación de este éxito en unas pocas palabras es siempre temerario pero no me equivocaría mucho si coincido con quienes sostienes que la clave está en el trabajo de estas universidades orientado a la “captación del talento” venga de donde venga. Sin duda es este un modelo que poco se parece a la preocupación de la universidad española principalmente orientada a la “consolidación” del talento local.
A pesar de que el sistema universitario español ahora contempla explícitamente un sistema de incorporación de talentos externos a través de un proceso tan regulado como los habituales de promoción interna, en las universidades españolas estamos lejos de reservar una plaza de garaje con el nombre de cada uno de los premios Nobel que forman parte de nuestros claustros. Es sólo un ejemplo de lo que hace la Universidad estadounidense de Berkeley. Allí, los premios Nobel tienen plaza de aparcamiento gratis. Me atrevo a sostener que en cualquier universidad española esta iniciativa sería abiertamente rechazada y, si alguna se atreviese a establecer esta distinción automovilística, no sería yo quien recomendase a la eminencia tal dejar su coche en el sitio reservado. La universidad española es –como no puede ser de otra forma- reflejo de su sociedad. Una sociedad abiertamente hostil a promoción meritocrática y, en cambio, muy apegada a un igualitaristo letal. Entre la “colleja” al empollón y el ninguneo al académico premiado sólo hay una diferencia de edad y contacto físico. Pero regresemos a la cuestión de los rankings.
Los rankings universitarios tienen un enorme impacto en la sociedad. Su interpretación es sencilla y resultan accesibles al gran público por lo que influyen en las decisiones trascendentales como la elección de la universidad en la que se desea cursar los estudios. Aunque no son perfectos son la única herramienta para dar visibilidad a una universidad en un mundo donde “no existe lo que no se ve”. Esta fue una de las conclusiones compartidas por los participantes en un reciente seminario organizado por la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE) en el Centro Asociado de Madrid-Escuelas Pías de la Universidad Nacional de Educación a Distancia UNED.
Entre los mejores conocedores de cómo se elaboran estos rankings está el profesor Domingo Docampo de la Universidad de Vigo. Por ejemplo, en el Ranking de Shanghai, que valora fundamentalmente la investigación, se tienen en cuenta los alumnos y profesores que han recibido premios Nobel o medallas Fields. De nuevo aparece la importancia de la captación de talento y el sentido de las plazas de garaje que la Universidad de Berkeley reserva a “sus” premios Nobel. El mismo ranking también valora especialmente los artículos científicos incluidos en las revistas de mayor reputación que son las incluidas en el “Science Citation Index – Expanded” y en el “Social Science Citation Index”. Esto último es una importante barrera para universidades como las españolas por lo siguiente.
Las universidades con un peso importante de titulaciones de Ciencias Sociales, Ciencias Jurídicas y Humanidades se sitúan, ya de partida, en una posición de desventaja respecto a las que cuentan con mayor número de titulaciones de Ciencias Experimentales y de Ciencias de la Salud. La razón estriba en que resulta más probable que los profesores-investigadores (aquellos que imparten docencia e investigan) o los investigadores que trabajan en Ciencias Experimentales y de Ciencias de la Salud tienen una mayor tradición de investigación orientada a este tipo de publicaciones y también un mayor número de revistas en las que publicar. Adicionalmente, los experimentos son más fácilmente repetibles, suelen disponer de mayores fondos y, como consecuencia, resultados más abundantes susceptibles de ser publicados.
Con todo y sin alharacas, sería interesante analizar los modelos de éxito relativo que han llevado a varias universidades españolas y andaluzas a estar entre las 500 primeras (tanto en este ranking del CWUR como en el de Shangai). Por ejemplo, en línea con el peso otorgado a los puestos obtenidos por los alumnos en las principales empresas, la Universidad de Sevilla elevó a rango de Vicerrectorado la actividad de transferencia tecnológica. En los últimos meses, el sistema nacional de promoción de los profesores atribuyó un mayor peso curricular (aún por aclarar) a este tipo de actividades. Otro ejemplo es el apoyo dado a la mejora de las publicaciones de sus miembros en revistas científicas y a la obtención de proyectos de I+D en convocatorias competitivas. Así, a través de su Plan Propio, la Universidad de Sevilla facilita que los investigadores responsables de proyectos de esta naturaleza podamos disponer de personal técnico que auxilie en las muchas obligaciones administrativas. Son sólo dos ejemplos a los que podría sumarse la labor del Vicerrectorado de Internacionalización, clave en la tarea de poner a esta Universidad en el mapa académico mundial.

Me temo que seguirá sin haber plaza de garaje reservada a los premios Nobel que trabajen en las universidades españolas, pero aquellas que estén decididas a mejorar su posición en estos rankings, tienen ejemplos donde mirarse por mucho que estos listados –como toda obra humana- sean perfectibles.

sábado, 16 de julio de 2016

CRECER LIMPIAMENTE A LA AMERICANA (José Manuel Cansino en La Razón el 11/7/2016)



La atropellada visita del presidente estadounidense a España y particularmente a Andalucía, motiva este artículo que analiza el modelo de crecimiento de EEUU desde la perspectiva medioambiental. Hasta su relevo por China, EEUU ha liderado durante casi todo el siglo XX y lo que llevamos de XXI, las emisiones de Gases de Efecto Invernadero -GEI-. Aunque ahora sea la segunda potencia en emisiones de GEI sigue siendo la primera economía mundial por lo que su comportamiento y su implicación en los acuerdos internacionales de lucha contra el Cambio Climático sigue siendo determinante.



Desde 2005 la economía estadounidense registra un llamativo y aparente patrón de desacoplamiento entre una tasa creciente de crecimiento económico y una reducción en el volumen de emisiones de GEI medidas en toneladas de dióxido de carbono equivalente. Las emisiones de GEI en 2013 fueron inferiores a las de 2005 en 582,57 millones de toneladas mientras que su PIB había crecido en 1.357,79 billones de dólares americanos (el billón americano es 10 elevado a la 9). Parecen haber alcanzado la meta de cualquier modelo de crecimiento sostenible -seguir creciendo al tiempo que reducen las emisiones de gases contaminantes-. Este hecho ha motivado algunas investigaciones de los expertos en economía ambiental cuyo objetivo es determinar los factores que explican este aparente desacoplamiento bien para reforzarlos bien para replicarlos en otros países.
Los resultados arrojan que las ganancias en eficiencia energética (cantidad de energía necesaria para producir un dólar de PIB) explican principalmente este desacoplamiento. En 2000 se necesitaban 0.2 toneladas equivalentes de petróleo para producir 1000 dólares de PIB estadounidense; en 2013, la cantidad había bajado a 0.15 según la Agencia Internacional de la Energía. Dado que las emisiones de GEI se calculan a partir del consumo de energía multiplicando la cantidad de los diferentes combustibles fósiles consumidas por un "factor de emisión", resulta crucial reducir el consumo energético por unidad de producto. Sólo de esa forma es posible crecer y reducir las emisiones contaminantes a un mismo tiempo. Yo me incluyo entre los que que consideran que la contribución de la mejora de la eficiencia al desacoplamiento está sobre dimensionada pero así resulta de los análisis incluidos los que he tenido la oportunidad de realizar junto con los profesores Ordóñez, Román, Sánchez-Braza y Rodríguez-Arévalo.
La estructura del sistema productivo de EEUU también parece haber contribuido al desacoplamiento entre emisiones y crecimiento económico. En esto, sin embargo, el análisis debe afinarse hasta conocer en qué medida el resultado obedece a un proceso de deslocalización ("outsourcing") de la industria estadounidense a otros países con una legislación medio ambiental menos exigente. Para medir este efecto deslocalización en el denominado "comercio de emisiones" los economistas desarrollan modelos multi-regionales Input-Output. 
Por último y para sorpresa de quienes han alabado la política de Obama en favor de las energías renovables, el mix energético de ese país no parece haber favorecido el desacoplamiento sino más bien, todo lo contrario. Actualmente más del 83% del mix Energético de EEUU sigue estando basado en los combustibles fósiles.
Un aspecto que no debe pasarse por alto en este análisis es el fuerte desarrollo que en los mismos años en los que parece haberse alcanzado el desacoplamiento en EEUU se ha desarrollado intensamente la técnica del "fracking" para la obtención de petróleo y de gas de esquisto.  Las reservas de crudo extraíble en Estados Unidos ascienden a 264.000 millones de barriles. Así lo estima un estudio de la consultora especializada Rystad Energy. Rusia se queda con el segundo lugar, con 256.000 millones de barriles, y con el tercero, Arabia Saudí, que cuenta con 212.000 millones de barriles de reserva de crudo.
Los efectos medioambientales del "fracking" no se reflejan en el inventario de emisiones de gases de efecto invernadero estadounidense porque no implican, principalmente, mayores emisiones pero sí la contaminación de acuíferos subterráneos consecuencia de la filtración de disolventes químicos.

La visión superficial de que la legislación medioambiental norteamericana es muy laxa no se corresponde con la realidad. Incluso antes de la firma de tratados internacionales, un somero análisis de la Ley de Aire limpio de EEUU (Clean Air Act) bastaba para comprobar que había un importante compromiso de preservación medioambiental. Sin embargo, los resultados gruesos de que este país ha conseguido seguir creciendo económicamente y, al mismo tiempo, reducir sus emisiones de gases contaminantes, deben analizarse con prudencia pero también con interés. Con un interés desprejuiciado.